Editorial de “El Nacional”: Un gravísimo error


Hace poco más de un año, en este mismo espacio, denunciamos la conjura de la cúpula militar chavista para acallar las voces críticas y, en especial, la de aquellos medios de comunicación que, pasando por encima de las amenazas judiciales y de las presiones económicas, no se doblegaban ante las exigencias del poder. Ya en esos momentos no escapaba a los ojos de los periodistas que el rumbo tomado por la revolución bolivariana conducía imperativamente a la reducción drástica de la libertad de expresión.

Si el modelo era Cuba y de hecho lo es hoy a pesar de que La Habana se aleja paso a paso de la ortodoxia comunista, no era necesario ser experto en meteorología para “saber de dónde sopla el viento”, como coreaba la juventud en los años sesenta. De hecho, Fidel Castro había pasado como un demoledor huracán sobre la prensa escrita y destruido todos los periódicos cubanos, incluso el del Partido Comunista.

Solo quedó espacio para el diario Granma, eco permanente del pensamiento único del comandante. Las nuevas publicaciones nacidas a la sombra de la Revolución cubana también cayeron en desgracia una a una y sus periodistas conocieron la cárcel y el exilio. Lo posible y lo único era el silencio o la reverencia, vale decir, todo lo contrario de la esencia misma del periodismo.

Citábamos en aquella oportunidad al intelectual mexicano Jorge Castañeda, que señalaba en un artículo publicado en El País, de Madrid, tres cuestiones fundamentales “sobre el curso de la democracia y del autoritarismo en América Latina”. Decía Castañeda: “No basta ser electo democráticamente para gobernar democráticamente o, como dijo Felipe González, la legitimidad de origen debe compaginarse con la legitimidad de gestión. No se pueden justificar conductas de gobierno antidemocráticas -represión, suspensión de libertades, censura- por el simple hecho de haber ganado una elección, aun suponiendo que dicha elección haya sido limpia, y menos si no fue equitativa”. Luego de leer esas líneas, advertíamos que “no había que hacer un gran esfuerzo para sentir que era un reflejo fiel de lo que ocurría en Venezuela”.